miércoles, 5 de octubre de 2011

VUELO DE PAJAROS

 Detuve el auto frente a la casa, un ding-dong, precedió mi entrada por el portón de hierro, alguien me condujo por el hall hacía el interior.  En el fondo un bello juego de sillones de cuero Café oscuro, adecuadamente dispuestos alrededor de una mesa de ópalo con vidrio y pequeños espejos que hacía juego con las cortinas color crema de los ventanales que mostraban un patio interior.

          Estaba en el punto de sentarme cuando en lo alto del trayecto de la escalinata apareciste, estabas radiante con esa bata de velos semi transparentes, que mostraba tu angelical figura, un pijazo que al dar el paso dejaban ver el muslo, descendiste con esa elegancia propia en ti, hasta encontrarnos frente a frente, con esa dulzura propia que te caracterizaba, estabas bella, en tu forma natural, el cabello color oro recogido con un gancho que dejaba al descubierto tu cuello que incitaba a acariciarte.

--- Hola Buenos días --- mientras te inclinabas para depositarme un beso en la mejilla. --- Carlos, ¿Cómo estás? ---

--- Emocionado…Y Tú--- replicó---¡estás preciosa!---

          Tomados de la mano,  nos dirigimos hacia el sofá, parecía que el silencio inundaba el recinto, solo las miradas que luego se perdían en el infinito, ni un solo gemido, todo gesticulación que se convertía en la etérea comunicación de la pareja.

          Tenía que decir algo, en la garganta se me ahogaban las palabras que había ensayado tantas veces en el transcurso de los días, pero el mutismo me había ganado y simplemente buscaba con mis ojos desarrollar la conquista de de la dama, el corazón se deleitaba a través de los latidos y de un frecuente temblor de cuerpo que transmitido a través de las manos.

          La vorágine de mis instintos se volcaron hacia mis adentros, me coloque frente a ti buscando tenerte de frente, esa comunicación en la mirada, el espíritu quizás sorprendido, encogiste los brazos y enfocaste los ojos hacia el cielo, los anhelos me impulsaban a tomarte entre mis brazos y decir cuantas cosas lindas, que revoloteaban en mis pensamientos, el justo momento para hacer las remembranzas de los años que se habían pasado, en los cuales en silencio había guardado este sentimiento hacia ti, amargado por la sensación de verte en brazos de un extraño,  que había usurpado ese pedazo de mi vida.

          Te vi extraña, como ausente, como lo que lo sucedido te había dejado aletargada, como que mis insinuaciones no te bajaban de la nube de los pensamientos. Estabas allí, pero me ignorabas, pasaste los brazos alrededor de mi cintura y te recostaste en mi pecho, suspirabas hondamente a la par que soltabas lágrimas de tus ojos. Esa reventazón de olas de mar que se estrellan en la playa con un manto de suavidad, que finaliza en una tierna quietud, formando espuma. Tratando de ocultar el llanto y restregando tus ojos con el dorso de la mano, te alejaste.

--- ¡Tu mejor que nadie sabes por lo que estoy pasando!....--- dando medio vuelta te dejaste caer en el sofá.

          Lo  importante era que estabas allí, las sombras de tu pena confundía el ambiente pero no a mi, yo quería estar contigo, el dulce desasosiego me blanqueaba las ideas y no respondían mas a que a mis instintos. Y saber que tanto daño habías recibido, quizás no quería dejar curar tus heridas, o el tiempo me había hecho viejo e inconforme, mas bien no estaba para perder mas tiempo, extraño comportamiento, esa insensatez de parte mía hacía eco en las múltiples reflexiones de porque te había abandonado por tanto tiempo.

          En seguida mi memoria se hizo presente….Si, estabas igual de hermosa, como siempre, como cuando te conocí, en ese vestido de uniforme azul, que fácilmente llegaba una cuarta debajo de la rodilla, con esa mirada tierna y angelical que ese entonces me llamó hacía un vuelo de pájaros. La inocencia de tu ser era como la miel de las flores en primavera.

Esas citas para deambular por la sexta avenida, como dos tórtolos que alejados de las sorpresas del mundo, arrugaban las solapas del uniforme de cuando en vez, furtivamente te robaba un beso. Reíamos y corríamos, sin importarnos el mundo, que todo era felicidad y a lo mejor juego de adolescentes.

Y así pasó el tiempo, todo se hizo difícil, tu familia se opuso rotundamente a nuestra relación y te enviaron al extranjero para borrarte de la mente, pasaron los años y me llené de amarguras, pensamientos vagos, instintos de rabia después de enterarme que había enclaustrado tu vida en una boda de conveniencia, con aquel tipo de dinero que no llenaba tus expectativas, ja ni las mías…., que jamás te hizo llegar a la altura de tu valía, te revoloteo entre don juanescos episodios y escasos períodos  sobriedad, por un maldito vicio, incitado por un mal llamado machismo. Supe de tus hijas, cuando en una ocasión nos cruzamos en el Supermercado, que día aquel, como un renacer de ansias y emociones que me llevó a buscarte casi de furtivo en tu casa de retiro allá en las montañas.

Iniciamos entonces la segunda parte de nuestro romance que fue el sueño de los años de atrás con la emoción de los presentes, era de adolescentes como adultos, era una melodía tenue que se infiltraba en las auroras y en los crepúsculos del paisaje sempiterno del altiplano Guatemalteco, ya no existía ni minutos, ni momentos, era todo la quietud y la inmensidad de un sentimiento adorable. Tú y yo, con el marco del infinito que nos permitía desencadenar el uno al otro, sin engaños y con pasión sin límites.

Era ese el momento que reflejé en mi memoria las realizaciones sublimes pasados en los últimos días, que encendía la fogata del deseo de mi espíritu indomable, pensé en nuestro pequeño viaje a la montaña, donde en aires del altiplano jure no separarme de ti nunca jamás.

El sol que se colaba por las rendijas de la ventana, posaban entretenido en la piel canela de tu espalda, ese pálido rosa de tu ser que me hacía volverme loco, en esa ocasión me volteaste a ver, con esos ojos color miel que penetraron hasta mis adentros. Ese pobre corazón que envolvía ese amor por ti, cuando entonces me tomabas entre los brazos, y de memoria percibía ese aroma de mujer bonita, el rojo carmesí de tus labios, apetitosos trofeos, que se encontraban en el infinito, que incitaban a un beso, mientras te acariciaba las mejillas, tiempos aquellos, me hacías derretir en mis adentros.

Tu cuello era esbelto envuelto en el suave terciopelo de la figura que mostrabas,  esos atributos en tus senos llenos de vida. Esa imagen de hermosura, que me hacía recorrer con mis manos los alrededores de tu vientre, que arrullaban con mágicas pasiones las delicados y abultados bordes de las caderas.

Las ideas que se quedaban mudas al vuelo de mariposa que descendía como cálida catarata, al desembocar entre los bellos muslos, de un candor exquisito, las esculturales piernas que acariciaban tiernamente junto a las mías. Esa piel que se tornaba clara, en el claro oscuro de la habitación con las sombras morenas, reflejadas en las paredes, por el candor tornasol de una fogata,  que imaginaban el vuelo de los pájaros en la tarde, mientras revoloteaban al filo del crepúsculo, en un agitado alboroto de emociones.

          Ahora que, estabas libre, sin ataduras de ninguna especie, las cosas sucedidas habían quedado atrás, junto a tus martirios y sufrimientos. Yo no quería entender, estaba en el umbral de tu destino y no se, quizás aun no te veía preparada, esa trágica vida, de veinte años te había endurecido, o quizás te había hecho madurar, apegada a esa letanía de malos tratos y agresiones, no te daban la vocación de salir y enfrentar la vida, como si fuera fácil reconstruir el alma.

          En fin tú estabas inmersa en la confusión, del inicio de una nueva vida y con la angustia de encontrar todas esas cosas que habías dejado de hacer en nombre de mantener una imagen social que te envolvía en la incertidumbre de los pensamientos.  

--- Si comprendo tu situación y perdona ser tan impulsivo.--- me senté a tu diestra --- Voy a tomar muy en cuenta esto, pero tu sabes los años no pasan en balde y mis sentimientos han tambaleado en situaciones como la actual---

---Debes de ser paciente…..---

--- Te necesito, y tú lo sabes… más que a nada en el mundo---

---Carlos…encontrarás la paciencia en la madurez, en la madurez que te permitieron soportar todos estos años--- tomándome de la mano, dijo--- yo estaré aquí para ti y cumpliremos un sueño……Como un vuelo de pájaros.---









       

TE ESPERABA

           Detuve el automóvil frente a la casa. El sereno había dejado caer en un manto de fina lluvia sobre las aceras y la grama de la entrada, el frío se había presente presagiaba el fin de año.

Allí estabas, bajo el dintel de la puerta,  irradiando belleza a tu alrededor. El vestido color aqua, con el pijazo que dejaba ver el muslo y la rodilla me fascinaba; Tu cabello largo que se recostaba sobre el hombro, caía como cascada y se prolongaba como una cascada hasta los linderos de tus caderas…, estabas divina. Caminaste muy coquetamente hacia mí y alcancé apenas a darte un beso de buenas noches.

          Se hacía tarde. Casi sin decir palabras transitamos por la larga avenida que nos saludaba con luces multicolores y con los adornos navideños. Llegamos a nuestro destino… se abrieron las puertas del edificio para dar paso a la belleza. Me sentía orgulloso. Tomate mi mano, con mucha fuerza… intuí que estabas nerviosa. El ascensor se detuvo en el ultimo piso, el Penthouse, un hombre nos recibió a la salida, nos dio la bienvenida y muy cortésmente señalo el camino hacia el interior del restaurante.

          El ambiente era elegante, la media luz reflejada en colores tenues hacía que sobresaliera la mesita para dos con las candelas recién encendidas. El vino blanco dulce estaba preparado, el camarero vertió el néctar en largas copas. Estabas espléndida… tu imagen que siempre me impactaba, me hacía soñar con lo mejor de mi vida.

Después de brindar, te invite a salir al balcón, donde se adornaba la ciudad. La luna tímida apenas se asomaba en la cúpula de cielo. La ciudad, mi ciudad te daba la bienvenida. Frente a nosotros se desplegaba la Plaza Central, con su fuente luminosa en el medio, atractivo sin precedentes de la Capital. Frente a ella, al norte, el Palacio Nacional, con sus murales en el interior, monumento nacional, que en su tiempo fue cede del Gobierno y ahora, mudo testigo de jornadas de gloria, golpes de estado e innumerables hazañas. La Catedral Metropolitana a un Costado, saturada de palomas que habían dejado su marca en la fachada. El reloj recién iluminado marcaba las 9.25, los campanarios, como dos centinelas, custodiaban las añejas campanas.

          En el lado opuesto el parque Centenario, con la concha acústica rodeada de árboles milenarios que se recostaban cansados sobre las bancas de mármol. ¡Ah, si esas bancas hablaran!, fueron y serán los lugares predilectos para los viejos que charlan del ayer, el sí de una pareja de jóvenes y su primer beso, y las reuniones familiares de los domingos por la tarde, entremezcladas con el colorido de las inditas de traje típico esperando que las chuleen.

Me acerque a ti por la espalda para cubrirte con mi cuerpo…, estaba haciendo frío, buscaste cobijo en mi, pero preferí que volviéramos al salón.

Brindamos una y otra vez, mientras ordenábamos algo para la cena. El piano de cola, escondido en una de las esquinas, tableteaba en música de Arjona, invitándonos a deslizarnos por la pista en ese momento usurpada por dos parejas. Me puse de pie. Me arregle el traje oscuro con corbata de pajarito y extendí la mano para invitarte… tomé tu mano y como con cierta ansiedad te lleve al centro del salón.

En ese momento te sentí distante, estabas conmigo pero tu mente vagaba. Tomándote  entre  mis brazos, nos  mecimos  suavemente al compás  del  bolero  “Sin ti”. Mentalmente te recitaba al oído la letra de la canción… sin ti, no podré vivir jamás….

 Y ese perfume de mujer bonita me recorría el cuerpo y perturbaba mi espíritu.

--- Te amo--- susurré a tu oído, envuelto en el ambiente romántico de la música.

No hubo respuesta. Tu mano izquierda que se encontraba en mi hombro ascendió hasta mi cuello, y te aferraste a él, recostaste el rostro sobre mi, como buscando acomodo. Con mi mano recorrí a lo largo del escote por tu espalda hasta llegar donde se insinuaban tus caderas, acariciando esa piel ardiente que me hacía temblar como adolescente. Soltaste mi mano derecha y nos fundimos en un estrechado abrazo.  El corazón me palpitaba fuertemente, recordaba entonces la noche que te había conocido… en un cruce de miradas esa vez, una amor a primera vista se  presentaba de pronto, las jugarretas que nos insinuaba cupido nos llevaron al borde de una aventura que elevaron nuestras almas hasta el mas allá.

Fue la noche de pocas palabras, estabas callada, tú la que siempre con una sonrisa en los labios charlabas animadamente sobre los aspectos interesantes de la vida. La música cesó, tomados de la mano me dirigiste hacia la mesa, no dejaste que viera tu cara, intuí que algo pasaba, ya en la mesa divisé unas lágrimas que terminaban de recorrer tus mejillas.

--- Voy al tocador--- dijiste.

No deseaba que te viera, me quede mudo, mas que de costumbre, esperando tal vez una palabra. Un poco incómodo, me acerque te tome de la mano y susurré:

--- ¿Que pasa mi amor?, Hoy es un día muy especial quisiera que estés feliz……--- Estoy sumamente feliz, cielo, tantas emociones juntas me…….ponen con sentimental--- la charla se interrumpió por la presencia del camarero, quien con una manta en el brazo nos sirvió la entrada.

--- ¡Esto no puede ser Enrique! no está bien para mi! Te amo y tú lo sabes, pero no le puedo abandonar…además mi hijo, todo un adolescente ¿que pensará de mi?---

          Me volví a quedar callado, ¿que podía decir?, la decisión no era mía, la amaba con locura, los espacios de mi tiempo eran pequeños para pensar en ella. La sensación de inseguridad me volvió al cuerpo,  estaba en un callejón sin salida y la veía sufrir, todo eso me hacía que la comprendiera. La vida nos había tratado mal, el paso de los años encantó la aventura convirtiéndola en una meta difícil de alcanzar.

          Tomamos un café al final de la cena. Bailamos unas cuantas canciones, todo en el mas absoluto silencio, como queriendo adivinar lo que venía, estábamos atados el uno al otro, ninguno querría tomar la iniciativa, esa comunicación mental, ese apego, ese no se que me incineraba, ¿Sería esa la últimas vez que le vería? No lo se.  

Tomé el pequeño abrigo y te cubrí la espalda, mientras nos alejábamos. Como un rayo el ascensor nos alejó de aquel paraíso.

          Salimos a la avenida, para mi ya no estaba tan iluminada como al principio. Me hice el propósito de resolver la disyuntiva:

--- Esmeralda --- dije ---tú sabes perfectamente lo que siento por ti.---

--- Lo se perfectamente, pero mi corazón no quiere adelantarse, la decisión ha sido muy dura para mi, te amo con locura Enrique, pero la verdad no se que hacer.---

--- Hace un año que estamos juntos, quería que este aniversario fuera único, ansiaba poder decirte que te fugaras conmigo.---

--- Eso lo hacen los jóvenes, en mi,  es una alternativa dura de tomar.---

--- Nos vamos fuera de aquí, iniciamos una nueva vida lejos de todo esto, un camino, una aventura, tu o yo.----

--- No podría esconderme el pasado me abrumaría………pero está bien estoy dispuesta a correr el riesgo, dime tu que he de hacer.---

--- Lo tengo todo planificado, en el parque de  la plaza Berlín, al final de la Avenida Las Américas. A las dos de la tarde, tomaremos el camino mas corto hacia la felicidad……---

---Sin llamadas telefónicas, por favor, hasta que nos encontremos, mi amor---      

Nos fundimos en un profundo beso que me quito hasta el aire, y selló nuestro pacto de idilio en un abrir y cerrar de ojos… esos besos que en tantas ocasiones nos habían trasportado a los verdes prados de la tranquilidad, a las playas entonadas en sabor de olas y sal, a fundirnos en un te amo, en un paraíso haciéndonos el amor.

          Bajaste del auto, el movimiento de tus caderas y esa silueta de mujer bonita se confundió en la niebla de la noche de los alrededores de la casa, diste media vuelta para lanzarme el beso que depositaste en la palma de tu mano luego te esfumaste al cruzar el umbral de la puerta….

          Estoy aquí en la plaza Berlín… ya casi son las dos de la tarde, sigo esperando. Desde hace dos años que  vengo, siempre con la idea que ya viene, el corazón jamás pierde la esperanza. Las canas han empezado a florecer en mi cabeza y mi espíritu empieza a decaer, no he tenido noticias suyas, me siento solo. Lo prometido está en pie, sin llamadas por teléfono. He venido a sentarme no se cuanto tiempo en esta banca, ya deje mi marca, creo que hasta mi olor está presente.

          Alguien desciende de un auto de alquiler, una dama con un abrigo largo y un pañuelo en la cabeza y se acerca:

---¡ Enrique! ¡ Aquí estoy!---

---¡Esmeralda eres tú!---

--- Si mi amor, aquí estoy, vengo a decirte adiós.., Perdona… no tuve el valor de hacerlo antes…., yo se que tu me comprenderás…---

---Pero……..---  me quede mudo otra vez, cuando descubriste tu rostro.

          Eras tu, la misma, la mujer a quien amaba entrañablemente, solamente te vi un poco pálida y tu cabellera se había manchado de blanco, siempre linda, me acerque y te di un beso.

--- Vengo a devolverte la gargantía que me obsequiaste el día del cariño, guárdalo junto a tu corazón yo se que así no me vas a olvidar nunca. Recuerda el día de hoy, recuerde este amor eterno, que no pudo ser…--- Subiste al auto y te marchaste.

--- ¡Esmeralda……….espera mi amor!---

          Esas fueron mis últimas palabras, antes de que te perdieras entre el tráfico de la Avenida. …..

Hoy es jueves, las hojas del otoño empiezan a revolotear en el patio; como decía mi padre el Diario hay que espulgarlo de atrás para delante, las noticias importantes siempre están la primera hoja. Me coloque los anteojos y sentado en el estudio, levanto la última hoja.

Allí estaba. ¡Imposible no puede ser!  ¡Si ayer por la tarde yo la vi!

          Rogad por el alma de quien en vida fuera:

                    Esmeralda.

Descansó en los brazos del Señor el día de ayer, a las 12 hrs. lo participan…






































SUEÑOS DE NIEVE.

          Si allí me encontraba en una butaca a la par de tu cama, me cubría con una frazada de colores vivos, velaba tu sueño, tu descansabas de tus largas tareas domesticas, acomodé tus sábanas para cubrirte, acaricié tu cabello corto que te hacia un pequeño fleco en la frente, el guante de lana recorrió tu frente hasta dejarla despejada, mientras mis labios depositaron un dulce beso, ni te moviste, en ese instante me quede estático viendo la belleza de tu rostro angelical que me llevaba a lo mas profundo de mi anhelo, la sensación fantástica de un bello sentimiento. Te admiraba y dejaba que el hilo de mis pensamientos hilvanara, toda una aventura que crecía con el tiempo.

          Con el índice pasé tocando la parte inferior de tu labio, mientras en la comisura se dibujo una sonrisa, con un movimiento casi imperceptible abriste los labios y como que quisiste morderme el dedo, instintivamente retiré mi mano, pero me tomaste del brazo y me acercaste hacia a ti, tus labios se posaron indelebles hasta depositar un ardiente beso, estabas despierta, sin abrir los ojos, te incorporaste sin soltarme los labios, los que mantenías con un pequeño mordisco en la parte inferior; sentí como tu brazo izquierdo se coronó alrededor de mi cuello y pacientemente pasé a susurrar en tu cuello: Ese aroma, esa cálida, y exquisita sensación de olor a mujer bonita, revoloteaba en los interiores de mi sentimiento.

          La escasa luz de las velas de la habitación reflejaba tu exquisita figura, el tenue blanco nacarado que daba el color de tu piel, era el tamiz con la luz de la vela, que hacía yo allí; te cubrí con mis brazos y sentí el terciopelo de tu desnudes, estaba extasiado, jamás pensé arrullarte tan tiernamente; mis manos entonces. , recorrieron las líneas de tu espalda como quien con el tacto dirige los mensajes del sentimiento.

          El silencio se hizo evidente mientras con tus manos arrancaste los botones de mi camisa y el estimulante rubor con que tus suaves manos acariciaban mis costados, las puntas de las uñas me estremecían en las áreas que los cosquilleos se tronaban placenteros. Te besé, a mas no poder recorría con mis labios en un ir y venir tus labios, tu cuello y tus pechos, que como en una aureola se erguían los pezones que rubicundos se entremezclaban en mis dedos. Te tenia para mi solo, tu me mimabas, me hacías estremecer , mientras el leve temblor de la emoción circulaba en todo mi cuerpo.

          Insistí en la conquista de tu vientre, con el suave roce de las mejillas hasta el alrededor de tu ombligo, que sirvió de punto de reposo, para sentir tu mas allá, como que dormitaba, volaba mas de mi ilusión y sentimiento de acariciar el infinito, para sin tropiezo estrujar con delicadeza el reborde de tu ropa, coquetamente sostenida por el reborde superior de la cadera. El tiempo se hizo eterno, el péndulo del reloj acompasaba el vaivén de ese amor de fantasía; el fuego que indómito asemejaba el choque de las olas del mar con los acantilados veraniegos.

          Y las gaviotas volaron presurosas en busca de sus nidos, el crepúsculo dio comienzo y final a la emocionante caminata, los rios desembocaron en el mar de la tranquilidad, tras el jadeo de dos almas que se fundieron en un TE AMO.

          Desperté justo cuando despuntaba el alba, el viento resoplaba por los rincones de la cabaña, me acerque a la ventana el horizonte se pintaba de invierno, loS árboles cargados con manchas verde oscuros sufrían el desencanto de perder las hojas,  una gran sabana blanca se había extendido sobre los campos, el pálido sol que apenas enseñaba una pestaña hacia esfuerzos de calentar la tierra. Frío estaba, caminé hasta el centro de la habitación, las cenizas de la chimenea se habían manchado con la nieve que furtivamente se introdujo desde el tejado. Encendí la fogata sentado en el suelo, acomode la leña y me tumbe a recibir lo calido de las llamas.

          En ese instante alguien someto la puerta y se hizo paso al interior, con botas de montaña, overol una chaqueta larga con reborde de lana, que cubrían hasta la cabeza.

--- Hola como estas, --- dijiste mientras te quitabas la gorra que cubría una gran parte de la cabeza y el rostro--- hoy amaneció frío, la nevada cubrió gran parte de la entrada y salí a recoger leña para la chimenea.---

---Si ya veo--- indique




















PORQUE ESTUVE ALLI

 Iba por la calle, corriendo como un desesperado, había salido tarde del trabajo y me dirigía a toda prisa hacia el  cuarto donde me hospedaba.

--¡ Hijos... las 10 menos cuarto! --

Días antes el gobierno había implantado el estado de sitio y el toque de queda, la cosa estaba difícil. Resulta que algunos grupos revolucionarios y desafectos al régimen militar se habían hecho sentir mediante la colocación y posterior estallido de algunas bombas, llamadas panfleteras. En fin, yo tenía que llegar a casa antes de que me pasara algo. La seguridad en general estaba muy limitada y cualquier cosa le podía suceder a cualquiera.

Doblé la esquina y me topé con un retén de las fuerzas de seguridad...

-- Sus papeles,  compa -- indicó un policía.

Sin decir palabra me metí la mano a la bolsa, para buscar mis documentos y  los mostré. El policía me tomó del brazo y después de darme un empellón me gritó:

--¡ Junto a la pared y con las canillas abiertas! --

Alguien me tomó del pescuezo, por la espalda y me apretó contra la pared mientras me registraba las bolsas del pantalón. Luego torciéndome un brazo, me llevó a empujones hasta donde se encontraba un sargento, a quien le enseñó mis papeles. La linterna que  apenas alumbraba, la dirigió hacia mí.

-- ¿Como te llamás? –dijo con tono amenazante.

-- José.... José Santos -- dejé escuchar mi voz entrecortada y el cuerpo me tambaleaba del puro miedo.

--- ¿Que hacés en la calle a esta hora, patojo?---

--- Este…. Voy para mi casa --- No sé si era el frío o la actitud amenazante de la policía, pero algo me hacía sacudir el cuerpo, sudar el gaznate y me titiritar las quijadas.

--- ¿Ya te diste cuenta de la hora?--- dijo, viendo el reloj de pulsera ---- En cinco minutos,  hum, no llegas a tu casa. Yo tengo órdenes de agarrar a cuanto jicaque, ande suelto en las noches, peor con cara de sindicalista o estudiante. Así es que o te ponés pilas, con lo que cargás o te llevo al tambo por indocumentado.---

          Me quitaron hasta el último len, mi reloj y los zapatos, pero como no les pareció suficiente, fui a parar a la perrera y mas tarde al cuartel.

Allí después de darme una santa pijaciada, me metieron en una mal oliente bartolina, allí no había pasado nada, santo sin novedad. Como podría hacerle saber a mi familia que me habían dizque detenido?...

Cuando alguien se enterara yo tal vez ya me habría podrido o desaparecido, como les había pasado a muchos.

          El sótano frío y oscuro, era franqueado por la humedad que me calaba hasta los huesos. El olor a mierda, deambulaba en el reducido espacio de la bartolina. Me acurruqué en el suelo, en la esquina que parecía menos sucia, a meditar mi desgracia y mala suerte.

Pasé no se cuantos días allí, sentado en la inmundicia. Los despojos que quedaban de mi, semidesnudo, con múltiples moretones y heridas sangrantes, resecadas por el calor del hoyo donde me encontraba, daban muestras de las atrocidades cometidas. Las costillas expuestas, los labios resecos, los ojos hundidos, los pómulos saltones y el estómago en eterna protesta hablaban del suplicio de dieta a la que era sometido…. a veces ni siquiera agua. El esfuerzo por toser me lastimaba los pulmones. El cabello y la barba crecidos desordenadamente, ayudaba a ocultar mi identidad…. A no sentir vergüenza de mi mismo.

          Las quemadas de cigarrillo me circulaban desde las piernas hasta el pecho. Esa maldita capucha con gamezán, que de pronto había hecho trastornar mis pensamientos, mas no mis ideas. Tenía hinchado el tanate y no precisamente de valor, sino de los golpes y porrazos recibidos en los testículos. Las palabras soeces y los insultos lanzados por los esbirros de la judicial, a este despojo humano, resonaban sin sentido en mi cabeza. En perenne letanía me acusaba de pertenecer a un grupo clandestino,  remarcando mi conocimiento de lugares y hechos que verdaderamente desconocía. ¡Por Dios, yo no sabía nada! Mi cuerpo ya no aguantaba mas… empezaba a perder las esperanzas, a estas alturas ya nadie se acordaba de mi. Unos meses desaparecido equivalía a estar muerto. Mi espíritu decidido a permanecer vivo, comenzaba a decaer por impotencia.

A pesar del martirio, no pudieron quebrantar mis convicciones, no lograron que aceptara una verdad que sólo existía en las mentes desquiciadas de mis verdugos. ¡Jamás había pertenecido a facción o grupo alzado en armas, y la política no me gustaba! Las ideas no era factible cambiarlas con golpes. En mi hogar, a pesar de ser humilde, me habían inculcado moralidad, honradez y hombría... sobre todo esto. A veces me surgía el pensamiento obsoleto de aceptar cuanto se me dijera, confesar quién sabe qué, para librarme de todo aquel suplicio, tal vez para poder salir. Pero mi fe quebrantada comparecía ante mí mismo, ante mi familia y ante mis amigos ¿Cómo mancharme con la podredumbre de un sistema corrupto que apabullaba y trataba de incinerar mi dignidad? ¡Eso nunca!

          Mi máximo pecado era ser estudiante universitario, de la gente que empezaba a pensar diferente, de avanzada, como las capuchas que se ponen durante la Gloriosa Huelga de Dolores, como el grito de protesta que representa a un pueblo siempre oprimido. Cada puñetazo recibido, me hacía pensar en todas las situaciones que oprimen, agobian y lastiman a una población, que no tiene la culpa de ser así, aguantadora, sumisa, agachada, y me obligaba a resistir.

           Cierto día creo que fue por la mañana fui despertado cortésmente con un baño de agua fría.  A cubetazos fui sacado de la pocilga y  llevado a la mal trecha enfermería casi en zopilotillo, pues escasamente me podía poner en pie. Allí los galenos, las llagas que adornaban todo mi cuerpo, me pusieron suero y me vistieron con una pijama para que me viera medio decente.

          Sorpresa de popularidad que jamás padecida! fui presentado ante la prensa por un militar de gran cachucha, ¿General…?. Apenas podía mantener los ojos abiertos, la claridad y los flashazos de las cámaras, me cegaban y además la actitud me tenía confundido. Mi liberación se produjo después de que mis compañeros de la U, habiendo completado un cúmulo de gestiones, lograron dar con mi paradero y junto a la prensa y algunas organizaciones de derechos humanos presionaron a las autoridades y dieron una tregua para que fuera entregado.

          Las noticias oficiales dijeron que había permanecido secuestrado por un grupo narco-guerrillero, que buscaba una transacción con el gobierno para que les devolvieran a un famoso pandillero, cabecilla del Cartel del Gallito, y que mediante un hábil operativo relámpago las fuerzas de seguridad habían asestado un duro golpe a los delincuentes y en me habían rescatado, en un reducto de la zona 18, allá por San Rafael La Laguna.

          Todo había sido una vil treta, una tragicomedia, que servía para hacer que las instituciones como Amnistía Internacional, cedieran la presión, pero nadie se tragaba el caldo y menos con los graves acontecimientos que estaban sucediendo en el país.

          Pasaron algunas semanas, después de alimentarme mejor, recibí  tratamiento médico y cuidados especiales de mis compañeros y amigos, con el pelo bien recortado y la ausencia de la maltrecha barba, me sentí diferente, otra persona, otro ser humanos, aunque las cicatrices detrás del pellejo estaban vigentes. Las heridas que llevo en el alma y en la mente están allí.

Ahora que puedo decir soy diferente, un hombre hecho a piedra y lodo, amargado, lastimado en su lado flaco, con convicciones, con deseos amplios de venganza. Hice mías las causas de la revolución.

          Me siento bien detrás de este uniforme entre verde y café, que viste con mis ideales. Soy alguien en otro rollo, dejé atrás familia, seres amados, libros y aulas de la Carolingia, por la libertad de las montañas.

Aquí los compas son bien derechos, he sido participe del caminar por los senderos de la Patria, incursionando en las poblaciones de mi gente, para llevar la consigna de la revolución, contra la ignominia y la represión,  si sumando a muchos al movimiento. He participado en ataques a blancos militares e innumerables combates contra mis hermanos, que no tienen culpa de estar del lado equivocado. Largas han sido las jornadas en las que hemos borrado propaganda gubernamental y de hacer ver las injusticias que se dan en la vida de los desarraigados.

Pero este pueblo no aprende sigue en la oscuridad de las dictaduras militares que aniquilan a puro fusil, los pensamientos y los pensadores, explota al campesino y el campo, le asiente la perseguidora a los sindicalistas y  hace desaparece a sus líderes.

          Ahora recuerdo perfectamente a un amigo, que ahora, tal vez, perdido en la montaña o quizás muerto, con quien nos juntábamos a estudiar en su casa; cuando ingresé a la Universidad. Detrás de una cortina ocultaba, como un trofeo, la foto del Che Guevara. El se empecinaba en hablar de justicia, proletariado y mostraba orgulloso las lecturas con el significado de la revolución, los pobres, los caídos, los descalzos. ¡Ellos son nuestra razón de ser! – decía--.

          Ahora comprendo porque deseaba instruirme en el significado de las células, de la subversión y  del combate de guerrillas. A esa alturas de mi edad y mi reciente ingreso a la Facultad, era muy ingenuo para comprender el mensaje. Esa juventud que me limitaba la esencia, y la ceguera de la ilusión que me atrapaba en la indiferencia. Hasta que llegó el momento y  me entró por el cuero.  Fatal experiencia de permanecer detenido sin causa justificada… después de sufrir en carne propia el salvajismo, salí del marasmo intelectual y  entendí por que lo que había sucedido en mi era salvaje, cruel, sin culpa. La luz se hizo en mi mente, con marcas en el pellejo.

Me incorporé a la lucha armada. Tras un viaje de incógnito hacia La Bella, reforcé mis ideales de punta de lanza, con una intelectualidad forjada para hacer desaparecer la injusticia y la opresión que cabalga por los cuatro puntos cardinales, pero sobre todo, incubé la semilla que hace germinar las ideas progresistas.

Ahora estoy en los parajes de la Patria, en la libertad de las montañas, con el cielo y las estrellas por techo y los árboles por refugio, pensando, si el correr del tiempo será suficiente para hacer madurar una justa  explicación de lo que pasó en esta patria mía y del… ¡PORQUE ESTUVE ALLI!


PEDRO.

          En uno de esos pueblecitos pintorescos del altiplano del país donde la vida trascurre sin novedad y que su escasa actividad finaliza cuando principia la noche, donde la vida hogareña se apacienta después de las seis de la tarde, donde padres e hijos, familias completas, se juntan en sus ranchos, a la luz de una fogata, a comentar lo pasado durante el día; a tomarse un trago de café o comerse una tortilla con fríjol. Allí me encontraba, haciendo mi práctica rural, en el Puesto de Salud, requisito del último año de mi carrera de medicina. Era un edificio viejo, deteriorado, que las autoridades del gobierno habían recientemente hecho funcionar, después de haber permanecido cerrado por algo mas de dos años. En esta oportunidad, me había tocado a mí, ser el primer interno en hacer lo necesario para que funcionara.

          No era mas que una casucha de dos cuartos y una bodega, allí se prestaba la atención a la población, una pequeña clínica, con dos tres cosas para ver a los pacientes, además el otro ambiente que se  había sido improvisado como vivienda para que el médico interno de turno.

          Todo era para que el doctorcito, como me decían las personas, tuviera algo de comodidad y no abandonara su lugar de trabajo, como sucedía en tantos otros lugares.

          En fin era una cortesía que no se podía despreciar y que comprometía al estudiante a proporcionar una buena atención a los pobladores de la comunidad.

          Una de esas tantas noches, que pesé en ese lugar y como era costumbre, no tenía mayor cosa que hacer, busqué en las estanterías de la bodega, donde se apilaban frascos de medicina, bolsas de polenta, algo conque matar el tiempo y me topé con una colección de libros, algo mas que deteriorados por el polvo, en los que las polillas habían hecho agujeros en sus páginas, pero aun era posible hojearlos; entretenerse con la lectura en toda aquella soledad, de las frías noches del lugar; o escuchar la onda corta en un pequeño radio de baterías que me acompañaba.

-- Toc, toc -- sonó atropelladamente la puerta de madera. Y una voz que venía de afuera se dejó escuchar.

-- ¡Doctor, Doctor!, despierte, hay una emergencia….Toc,Toc --- insistió

          Como pude me incorporé, no sabía que hora era, me había quedado dormido sobre la mesa, el cabo de la candela que me servía para alumbrar, se había derretido y solo dejaba una mancha. Así, medio adormitado, corrí hacia la  puerta, tropezando el camino con algunas cosas:

-- Ya Voy – respondí, mientras la abrí -- ¿Que pasa? --

          Un hombre de pequeña estatura, se encontraba allí, su rostro pálido, que irradiaba bondad, de apariencia venerable con una barba a la usanza antigua. Con un lazo blanco amarrado en el cinto, portaba una campanita en su mano, sus pies blancos y desnudos se dejaban ver por debajo de lo que me pareció ser una sotana color café.

-- Doctor, venga conmigo, la mujer de Edelmiro, esta muy mal.-- me dijo, urgiendo que le acompañara.--- apresúrese ---

--  Gregoria ?..., y está de parto. Voy, recogeré algunas cosas y nos vamos.--

          De pronto me vi transitando en una vereda que se alumbraba con los rayos de la luna, acompañado de una concertina de grillos que se entonaban como la sinfonía de los parajes.

          El trecho que caminamos fue largo, alrededor de una hora, hasta llegar a un claro en el bosque, donde a la distancia se divisaba un rancho en cuyo interior se dibujaba con sombras y penumbras, una fogata. Lo que mas impresionante, era que a pesar de la distancia se dejaban escuchar los gritos desgarradores de una mujer, que gemía y pujaba como enloquecida.

          Me acerqué a la puerta y lo que observé era pavoroso, acostada boca arriba y sobre un tapesco, una mujer, con sus dos piernas colgando de sendos lazos amarrados a una viga del techo, que ahorcajadas dejaba ver entre sus muslos, el pie de un niño por nacer a través de sus partes.

          En una mesa junto a ella, se encontraba un octavo de guaro, una estampilla arrugada de San Miguel Arcángel, un cuchillo, un cabo de candela a medio quemar y unos cuantos trapos en una palangana de peltre.  Según me indicó Edelmiro, el marido,  la Comadrona había dejado todo eso y había desistido de atenderla, por lo difícil del parto.

- ¡Sáquemelo doctor!, --- grito la mujer al verme --- ¡se lo suplico, ya no aguanto mas!, ¡Mijo ya está muerto, doctor, sáquelo, por el amor de Dios!—continuó gritando la mujer.

          Me acerqué, después de acariciarle la cabeza, para reconfortarla, me coloqué frente a ella, extendí mi mano, hacia donde se encontraba el piecito.

-- ¡ No lo toque ! -- me gritó una anciana mujer, que se encontraba acurrucada en un rincón del rancho, era la abuela.

          Instintivamente me retiré. Pero en un segundo aire pensé inmediatamente,  que me encontraba haciendo allí, tenía que hacer algo, había que actuar. Poner mis nervios en temple y resolver el problema de esa madre y su hijo:

-- Necesito agua caliente -- le indiqué a Edelmiro, quien se encontraba observando desde la entrada del rancho.

          Me acerqué nuevamente, haciendo caso omiso de la advertencia de la abuela, introduje mis dedos a los lados del pie, para poder determinar la dilatación del canal del parto; recordé entonces mi práctica de maternidad, allá en el Hospital Roosevelt; de la  maleta que cargaba, saqué una toalla, la mas limpia prenda que encontré y la metí en el agua que había pedido, cuando la sentí tibia, la coloqué en mi mano y con ella tomé el pie del niño, lo traccioné como pude y como Dios me iluminó, vi entonces aparecer las nalguitas y luego la otra pierna doblada por encima de la barriga del niño, digo niño, porque su distintivo lo precedía. Por cierto, ya se veía moradito; al aparecer la totalidad de su cuerpecito, tomé el cordón umbilical lo hale e hice un asa; era como mis maestros me lo había enseñado;  ¡MILAGRO!, en ese instante, sentí varios latidos languidecer entre mis dedos. ¡Aun está vivo!, me dije, eso me animó a seguir adelante. Le cubrí completamente con la toalla tibia y seguí traccionando tomándole de las caderas, hasta sacar los hombros, luego le coloqué encima de mi antebrazo, como montado a caballo, introduje la mano y le puse el dedo índice y el medio entre la boca del niño; y haciéndole unas maniobras, lo extraje totalmente… , estaba fláccido, al sostenerlo de los pies, colgándole de mi mano izquierda, sus bracitos se desplomaron a los lados de su cabeza. La luz era escasa pero a pesar de ello se le miraba de color oscuro, morado, sin vida; le di varias palmadas en su espalda y en las nalgas, pero sin obtener respuesta.

          Entonces, lo coloqué sobre el vientre de su madre, con mi mano derecha le toqué la parte anterior del pecho, su corazón aun latía, lento pero latía. ¡Dios mío,  ahora es cuando, debo saber lo que hago!, Sacando fuerzas de flaqueza, coloqué una de mis manos, por detrás de su cuello, me le acerqué poniendo mis labios, cubriendo su boca y soplé acompasadamente mientras apretaba su pecho, con el fin de hacer que respirara,  repetí la operación de soplidos varias veces mas; un muy leve movimiento de sus brazos se dejó ver, luego insinuó un pequeño sollozo.

          Le somaté las plantas de los pies,  en respuesta se dejo ver un movimiento en una de sus piernas; luego tosió, expulsando flemas por la nariz y la boca, en un instante se escucho un quejido, que se dejó seguir de un llanto, en un principio discreto, que luego se intensificó, hasta convertirse en un sonoro grito de vida.

          Nunca había escuchado tan complacido el llanto de un recién nacido; lo arropé y lo coloqué junto a su madre, quien atónitamente me observaba  sin decir palabra; con lágrimas en sus ojos, lo tomó entre sus brazos, lo apechugó, lo arrulló, dándole un beso. Luego me dijo:

---¡Gracias doctorcito, gracias!.. ¡Que Dios se lo pague! ---

          Nunca me había sentido tan útil como esa oportunidad, bien había valido la pena, el pasar esas noches solitarias en el lugar. Había sido una experiencia muy humana y vivificante.

          Los primeros rayos de sol se dejaron ver a través de los espacios que dejan las rendijas del rancho. La fiesta de la mañana se encendía con los cantos de los gallos y aves;  Edelmiro bostezaba junto al fuego, mientras preparaba un poco de café. Me dijo:

-- Como es la vida, dóctor, quien iba a pensar que el patojo aun estaba vivo.---

-- Gracias a Dios, Edelmiro, Gracias a Dios…. A propósito y el viejito que me fue a traer, ¿quien es?.--

-- Gracias a él, quien lo trajo, ese viejito hizo que usted llegara a tiempo… Pues yo no le conozco, se apareció por aquí y se ofreció ir a buscarle, simpático el señor, cargaba una campanita, tocando por todos lados, como para espantar a los malos espíritus; nunca antes le había visto.--

-- ¿Una campana....? -- pregunté, en ese instante recordé su imagen, cuando le vi. frente a la puerta del centro.

-- Se, dice que es un misionero, de por ay de la Antigua, que lo han visto por los alrededores.--

          Esa noche en el Centro, recurrí a la lectura de los libros viejos que había dejado a medio leer, eran un excelente soporífero, que me hacía relajarme. No se si eran mis ideas o la impresión de la experiencia vivida pero a lo lejos, se dejaba escuchar el dulce tintineo de una campanita que deambulaba  acompasado de un caminar sereno, de un estribillo.

-- Tin, tilín, tin --

Y quizás detrás de mis sueños.

-- Tin, tilín, tin --

y resonaba en mis oídos el verso, del Santo Hermano Pedro:

“ACUERDATE HERMANO
QUE UN ALMA TIENES NOMAS,
SI LA PIERDES…,
¿ QUE HARAS ? "

          Y el sonido de la campana se alejaba en medio de la oscuridad de las veredas y del eco de las callejuelas.

          Hoy es domingo, que bueno, fui el padrino de bautismo del chilpayate que ayudé en su nacimiento, allá en el Rancho de la montaña; galán está el patojo, quien se hubiera podido imaginar. Menos mal que Edelmiro y Gregoria le dieron crédito al milagro.

Pues bautizaron al patojo, con el nombre de PEDRO.....


  

PARAISO.

          Me encontraba allí, deambulando por el manto de arenas blancas que hacen tope con el agua de mar, el suave murmullo del viento que me chocaba en la cara, ráfagas que hacían que los cocoteros saludaran a la playa en un vaivén de calido ambiente veraniego. La tarde se pintaba como la espuma que se chocaba a mis pies jugueteando con los cartílagos de concha nácar, que se revolcaban al compás del agua de las pequeñas olas que reventaban perezosas.

          A lo largo de las aguas, que se confundía con el azul del cielo se adornaban con las gaviotas que curiosas revoloteaban sobre los bancos de peces en busca de alimentos, mientras un velero vestido de blanco saltaba plácidamente entre las olas.  Troté por un tiempo hasta llegar al punto en que la playa se torna acantilado y las rocas sirven de escondite a los cangrejos, que como espadachines retan al mar con su carrera.

          Los labios un tanto resecos, me hicieron buscar entre las cosas una botella de agua para mitigar la sed, mientras observaba el horizonte en busca de tu presencia, que se hizo realidad a la distancia, si, en el trayecto caminabas con ese ritmo de mujer que te hace atractiva, tu larga cabellera negro azabache se detenía volando sobre los hombros, eso te daba una imagen  hermosa, tu grácil figura que mostraba la belleza de los atributos de tu lindo cuerpo, caminaste, corriendo a ratos, acercándote hasta donde te esperaba con ansias.

          Oh! Dios tanta belleza, lo blanco de tu piel, se doraba con la presencia de los rayos del sol que te daba una presencia bronceada soñadora, te detuviste frente a mi, a unos cuantos metros, te quitaste los anteojos oscuro, como diciendo quien será el que sale a mi encuentro, sonreíste, tu carita  inocente le dió el sello de un angelical encuentro. Dejaste caer la pequeña bata, que se deslizó hasta el suelo dejando ver tus bien conformados senos, que se dibujaban con la sombra que había dejado el sostén de la calzoneta y el reborde del minúsculo bikini que apenas era sostenido por los bordes de tus caderas, coquetamente doblaste tu rodilla para sostenerte en la punta de los dedos del pie, haciendo un movimiento lateral de ida u vuelta.

--- ¿Como me veo mi amor?---

---Exquisitamente bella……….

          Luego cruzaste tus brazos por enfrente para ocultar la belleza de tus pechos, quizás por recato, en fin nos acercamos y nos confundimos en el celaje en un beso apasionado, mientras el sol nos cobijaba en sus radiantes rayos. La tibieza de tu piel me arrullaba  a través de la mágica delicadeza de tus caricias, transportándome al infinito de mis anhelos.

          El tiempo se hizo ajeno y  mientras con mis manos recorría apasionado el portal de tu espalda, tú arrullabas mi cuello,  mis latentes cosquillas me incineraban, mientras una corriente eléctrica recorría el sendero de mi espíritu. Tu jadeante silencio se tornaba vívido espectacular y tierno, cuando la humedad de tus adentros embebía mis emociones.  El golpe de las olas disipaba el aliento de un te amo con sabor propio, de una entrega total y sin reservas.

          El sol se hizo el desentendido al tornarse pálido anaranjado mientras cerraba los ojos al hacerse dentro de las aguas, para dejar paso a la penumbra de la tarde. Los pájaros gritaban la cercanía de la noche y se alejaban en búsqueda de donde guarecerse en espera del siguiente amanecer. Quizás me dormí un momento pero  lo gélido del aire me invitó a emprender el regreso. Tomé la toalla sacudiendo las arenas que habían soportado el respiro de nuestro amor, la coloque sobre tu cuerpo, mientras nos alejábamos del lugar.

          Dormitaste todo el viaje de retorno, tu cabello aunque enredado reposaba en el respaldo de la butaca, las luces de la ciudad que penetraban a través de la ventana y el vidrio delantero resaltaban la belleza de tu rostro, límpido puro, sin asomo de maquillaje, con mi mano acaricie tu mejilla, mientras tu buscabas recostarte en el hombro mas cercano. Abrí la portezuela y te cargué entre mis brazos, para llevarte a tu cama, te di el beso de las buenas noches y luego tú hiciste nido entre las sábanas y el edredón blanquirosado.

          El teléfono sonó y en interfono se escucha:

---Licenciado Márquez, en la línea dos…

--- Aló…. Mi amor como estas,…. Si regresé un poco tarde, me vine directo a la oficina, excelente, está bien si … a la hora del almuerzo, en el lugar de siempre … Ok, gracias……un beso……….si chau….---

          Una chica cuelga el auricular de un teléfono y camina por el corredor de un elegante almacén de modas.

--- Mariella, que lindo color broceado te dejó el viaje a la playa no…---

--- Oye chica tanto se me nota, tan solo fue un día de sol.---

--- Cuenta como te trató el fin de semana.---

---Fantástico, una tranquilidad y quietud  ideal para un descanso de verano…. El lugar es bellísimo, esas playas son verdaderamente un paraíso.

--- Y tu pareja?....---

--- Como nunca……….---

           En una de las mesas de Restaurante, de las que están al aire libre un caballero se la vueltas al periódico del día, por encima de sus espejuelo, ve que se aproxima una dama, se pone de pie, mientras dobla el diario y lo deposita sobre la mesa.

--- Hola mi amor --- acercándose y depositando un beso en los labios.---

--- Hola, como me veo.--- mientras sostiene su brazo derecho en alto y dobla su rodilla para detenerse con la punta del zapato.

---Exquisitamente bella…….