No era mas que una casucha de dos cuartos y una bodega, allí se prestaba la atención a la población, una pequeña clínica, con dos tres cosas para ver a los pacientes, además el otro ambiente que se había sido improvisado como vivienda para que el médico interno de turno.
Todo era para que el doctorcito, como me decían las personas, tuviera algo de comodidad y no abandonara su lugar de trabajo, como sucedía en tantos otros lugares.
En fin era una cortesía que no se podía despreciar y que comprometía al estudiante a proporcionar una buena atención a los pobladores de la comunidad.
Una de esas tantas noches, que pesé en ese lugar y como era costumbre, no tenía mayor cosa que hacer, busqué en las estanterías de la bodega, donde se apilaban frascos de medicina, bolsas de polenta, algo conque matar el tiempo y me topé con una colección de libros, algo mas que deteriorados por el polvo, en los que las polillas habían hecho agujeros en sus páginas, pero aun era posible hojearlos; entretenerse con la lectura en toda aquella soledad, de las frías noches del lugar; o escuchar la onda corta en un pequeño radio de baterías que me acompañaba.
-- Toc, toc -- sonó atropelladamente la puerta de madera. Y una voz que venía de afuera se dejó escuchar.
-- ¡Doctor, Doctor!, despierte, hay una emergencia….Toc,Toc --- insistió
Como pude me incorporé, no sabía que hora era, me había quedado dormido sobre la mesa, el cabo de la candela que me servía para alumbrar, se había derretido y solo dejaba una mancha. Así, medio adormitado, corrí hacia la puerta, tropezando el camino con algunas cosas:
-- Ya Voy – respondí, mientras la abrí -- ¿Que pasa? --
Un hombre de pequeña estatura, se encontraba allí, su rostro pálido, que irradiaba bondad, de apariencia venerable con una barba a la usanza antigua. Con un lazo blanco amarrado en el cinto, portaba una campanita en su mano, sus pies blancos y desnudos se dejaban ver por debajo de lo que me pareció ser una sotana color café.
-- Doctor, venga conmigo, la mujer de Edelmiro, esta muy mal.-- me dijo, urgiendo que le acompañara.--- apresúrese ---
-- Gregoria ?..., y está de parto. Voy, recogeré algunas cosas y nos vamos.--
De pronto me vi transitando en una vereda que se alumbraba con los rayos de la luna, acompañado de una concertina de grillos que se entonaban como la sinfonía de los parajes.
El trecho que caminamos fue largo, alrededor de una hora, hasta llegar a un claro en el bosque, donde a la distancia se divisaba un rancho en cuyo interior se dibujaba con sombras y penumbras, una fogata. Lo que mas impresionante, era que a pesar de la distancia se dejaban escuchar los gritos desgarradores de una mujer, que gemía y pujaba como enloquecida.
Me acerqué a la puerta y lo que observé era pavoroso, acostada boca arriba y sobre un tapesco, una mujer, con sus dos piernas colgando de sendos lazos amarrados a una viga del techo, que ahorcajadas dejaba ver entre sus muslos, el pie de un niño por nacer a través de sus partes.
En una mesa junto a ella, se encontraba un octavo de guaro, una estampilla arrugada de San Miguel Arcángel, un cuchillo, un cabo de candela a medio quemar y unos cuantos trapos en una palangana de peltre. Según me indicó Edelmiro, el marido, la Comadrona había dejado todo eso y había desistido de atenderla, por lo difícil del parto.
- ¡Sáquemelo doctor!, --- grito la mujer al verme --- ¡se lo suplico, ya no aguanto mas!, ¡Mijo ya está muerto, doctor, sáquelo, por el amor de Dios!—continuó gritando la mujer.
Me acerqué, después de acariciarle la cabeza, para reconfortarla, me coloqué frente a ella, extendí mi mano, hacia donde se encontraba el piecito.
-- ¡ No lo toque ! -- me gritó una anciana mujer, que se encontraba acurrucada en un rincón del rancho, era la abuela.
Instintivamente me retiré. Pero en un segundo aire pensé inmediatamente, que me encontraba haciendo allí, tenía que hacer algo, había que actuar. Poner mis nervios en temple y resolver el problema de esa madre y su hijo:
-- Necesito agua caliente -- le indiqué a Edelmiro, quien se encontraba observando desde la entrada del rancho.
Me acerqué nuevamente, haciendo caso omiso de la advertencia de la abuela, introduje mis dedos a los lados del pie, para poder determinar la dilatación del canal del parto; recordé entonces mi práctica de maternidad, allá en el Hospital Roosevelt; de la maleta que cargaba, saqué una toalla, la mas limpia prenda que encontré y la metí en el agua que había pedido, cuando la sentí tibia, la coloqué en mi mano y con ella tomé el pie del niño, lo traccioné como pude y como Dios me iluminó, vi entonces aparecer las nalguitas y luego la otra pierna doblada por encima de la barriga del niño, digo niño, porque su distintivo lo precedía. Por cierto, ya se veía moradito; al aparecer la totalidad de su cuerpecito, tomé el cordón umbilical lo hale e hice un asa; era como mis maestros me lo había enseñado; ¡MILAGRO!, en ese instante, sentí varios latidos languidecer entre mis dedos. ¡Aun está vivo!, me dije, eso me animó a seguir adelante. Le cubrí completamente con la toalla tibia y seguí traccionando tomándole de las caderas, hasta sacar los hombros, luego le coloqué encima de mi antebrazo, como montado a caballo, introduje la mano y le puse el dedo índice y el medio entre la boca del niño; y haciéndole unas maniobras, lo extraje totalmente… , estaba fláccido, al sostenerlo de los pies, colgándole de mi mano izquierda, sus bracitos se desplomaron a los lados de su cabeza. La luz era escasa pero a pesar de ello se le miraba de color oscuro, morado, sin vida; le di varias palmadas en su espalda y en las nalgas, pero sin obtener respuesta.
Entonces, lo coloqué sobre el vientre de su madre, con mi mano derecha le toqué la parte anterior del pecho, su corazón aun latía, lento pero latía. ¡Dios mío, ahora es cuando, debo saber lo que hago!, Sacando fuerzas de flaqueza, coloqué una de mis manos, por detrás de su cuello, me le acerqué poniendo mis labios, cubriendo su boca y soplé acompasadamente mientras apretaba su pecho, con el fin de hacer que respirara, repetí la operación de soplidos varias veces mas; un muy leve movimiento de sus brazos se dejó ver, luego insinuó un pequeño sollozo.
Le somaté las plantas de los pies, en respuesta se dejo ver un movimiento en una de sus piernas; luego tosió, expulsando flemas por la nariz y la boca, en un instante se escucho un quejido, que se dejó seguir de un llanto, en un principio discreto, que luego se intensificó, hasta convertirse en un sonoro grito de vida.
Nunca había escuchado tan complacido el llanto de un recién nacido; lo arropé y lo coloqué junto a su madre, quien atónitamente me observaba sin decir palabra; con lágrimas en sus ojos, lo tomó entre sus brazos, lo apechugó, lo arrulló, dándole un beso. Luego me dijo:
---¡Gracias doctorcito, gracias!.. ¡Que Dios se lo pague! ---
Nunca me había sentido tan útil como esa oportunidad, bien había valido la pena, el pasar esas noches solitarias en el lugar. Había sido una experiencia muy humana y vivificante.
Los primeros rayos de sol se dejaron ver a través de los espacios que dejan las rendijas del rancho. La fiesta de la mañana se encendía con los cantos de los gallos y aves; Edelmiro bostezaba junto al fuego, mientras preparaba un poco de café. Me dijo:
-- Como es la vida, dóctor, quien iba a pensar que el patojo aun estaba vivo.---
-- Gracias a Dios, Edelmiro, Gracias a Dios…. A propósito y el viejito que me fue a traer, ¿quien es?.--
-- Gracias a él, quien lo trajo, ese viejito hizo que usted llegara a tiempo… Pues yo no le conozco, se apareció por aquí y se ofreció ir a buscarle, simpático el señor, cargaba una campanita, tocando por todos lados, como para espantar a los malos espíritus; nunca antes le había visto.--
-- ¿Una campana....? -- pregunté, en ese instante recordé su imagen, cuando le vi. frente a la puerta del centro.
-- Se, dice que es un misionero, de por ay de la Antigua, que lo han visto por los alrededores.--
Esa noche en el Centro, recurrí a la lectura de los libros viejos que había dejado a medio leer, eran un excelente soporífero, que me hacía relajarme. No se si eran mis ideas o la impresión de la experiencia vivida pero a lo lejos, se dejaba escuchar el dulce tintineo de una campanita que deambulaba acompasado de un caminar sereno, de un estribillo.
-- Tin, tilín, tin --
Y quizás detrás de mis sueños.
-- Tin, tilín, tin --
y resonaba en mis oídos el verso, del Santo Hermano Pedro:
“ACUERDATE HERMANO
QUE UN ALMA TIENES NOMAS,SI LA PIERDES…,
¿ QUE HARAS ? "
Y el sonido de la campana se alejaba en medio de la oscuridad de las veredas y del eco de las callejuelas.
Hoy es domingo, que bueno, fui el padrino de bautismo del chilpayate que ayudé en su nacimiento, allá en el Rancho de la montaña; galán está el patojo, quien se hubiera podido imaginar. Menos mal que Edelmiro y Gregoria le dieron crédito al milagro.
Pues bautizaron al patojo, con el nombre de PEDRO.....
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