Estaba en el punto de sentarme cuando en lo alto del trayecto de la escalinata apareciste, estabas radiante con esa bata de velos semi transparentes, que mostraba tu angelical figura, un pijazo que al dar el paso dejaban ver el muslo, descendiste con esa elegancia propia en ti, hasta encontrarnos frente a frente, con esa dulzura propia que te caracterizaba, estabas bella, en tu forma natural, el cabello color oro recogido con un gancho que dejaba al descubierto tu cuello que incitaba a acariciarte.
--- Hola Buenos días --- mientras te inclinabas para depositarme un beso en la mejilla. --- Carlos, ¿Cómo estás? ---
--- Emocionado…Y Tú--- replicó---¡estás preciosa!---
Tomados de la mano, nos dirigimos hacia el sofá, parecía que el silencio inundaba el recinto, solo las miradas que luego se perdían en el infinito, ni un solo gemido, todo gesticulación que se convertía en la etérea comunicación de la pareja.
Tenía que decir algo, en la garganta se me ahogaban las palabras que había ensayado tantas veces en el transcurso de los días, pero el mutismo me había ganado y simplemente buscaba con mis ojos desarrollar la conquista de de la dama, el corazón se deleitaba a través de los latidos y de un frecuente temblor de cuerpo que transmitido a través de las manos.
La vorágine de mis instintos se volcaron hacia mis adentros, me coloque frente a ti buscando tenerte de frente, esa comunicación en la mirada, el espíritu quizás sorprendido, encogiste los brazos y enfocaste los ojos hacia el cielo, los anhelos me impulsaban a tomarte entre mis brazos y decir cuantas cosas lindas, que revoloteaban en mis pensamientos, el justo momento para hacer las remembranzas de los años que se habían pasado, en los cuales en silencio había guardado este sentimiento hacia ti, amargado por la sensación de verte en brazos de un extraño, que había usurpado ese pedazo de mi vida.
Te vi extraña, como ausente, como lo que lo sucedido te había dejado aletargada, como que mis insinuaciones no te bajaban de la nube de los pensamientos. Estabas allí, pero me ignorabas, pasaste los brazos alrededor de mi cintura y te recostaste en mi pecho, suspirabas hondamente a la par que soltabas lágrimas de tus ojos. Esa reventazón de olas de mar que se estrellan en la playa con un manto de suavidad, que finaliza en una tierna quietud, formando espuma. Tratando de ocultar el llanto y restregando tus ojos con el dorso de la mano, te alejaste.
--- ¡Tu mejor que nadie sabes por lo que estoy pasando!....--- dando medio vuelta te dejaste caer en el sofá.
Lo importante era que estabas allí, las sombras de tu pena confundía el ambiente pero no a mi, yo quería estar contigo, el dulce desasosiego me blanqueaba las ideas y no respondían mas a que a mis instintos. Y saber que tanto daño habías recibido, quizás no quería dejar curar tus heridas, o el tiempo me había hecho viejo e inconforme, mas bien no estaba para perder mas tiempo, extraño comportamiento, esa insensatez de parte mía hacía eco en las múltiples reflexiones de porque te había abandonado por tanto tiempo.
En seguida mi memoria se hizo presente….Si, estabas igual de hermosa, como siempre, como cuando te conocí, en ese vestido de uniforme azul, que fácilmente llegaba una cuarta debajo de la rodilla, con esa mirada tierna y angelical que ese entonces me llamó hacía un vuelo de pájaros. La inocencia de tu ser era como la miel de las flores en primavera.
Esas citas para deambular por la sexta avenida, como dos tórtolos que alejados de las sorpresas del mundo, arrugaban las solapas del uniforme de cuando en vez, furtivamente te robaba un beso. Reíamos y corríamos, sin importarnos el mundo, que todo era felicidad y a lo mejor juego de adolescentes.
Y así pasó el tiempo, todo se hizo difícil, tu familia se opuso rotundamente a nuestra relación y te enviaron al extranjero para borrarte de la mente, pasaron los años y me llené de amarguras, pensamientos vagos, instintos de rabia después de enterarme que había enclaustrado tu vida en una boda de conveniencia, con aquel tipo de dinero que no llenaba tus expectativas, ja ni las mías…., que jamás te hizo llegar a la altura de tu valía, te revoloteo entre don juanescos episodios y escasos períodos sobriedad, por un maldito vicio, incitado por un mal llamado machismo. Supe de tus hijas, cuando en una ocasión nos cruzamos en el Supermercado, que día aquel, como un renacer de ansias y emociones que me llevó a buscarte casi de furtivo en tu casa de retiro allá en las montañas.
Iniciamos entonces la segunda parte de nuestro romance que fue el sueño de los años de atrás con la emoción de los presentes, era de adolescentes como adultos, era una melodía tenue que se infiltraba en las auroras y en los crepúsculos del paisaje sempiterno del altiplano Guatemalteco, ya no existía ni minutos, ni momentos, era todo la quietud y la inmensidad de un sentimiento adorable. Tú y yo, con el marco del infinito que nos permitía desencadenar el uno al otro, sin engaños y con pasión sin límites.
Era ese el momento que reflejé en mi memoria las realizaciones sublimes pasados en los últimos días, que encendía la fogata del deseo de mi espíritu indomable, pensé en nuestro pequeño viaje a la montaña, donde en aires del altiplano jure no separarme de ti nunca jamás.
El sol que se colaba por las rendijas de la ventana, posaban entretenido en la piel canela de tu espalda, ese pálido rosa de tu ser que me hacía volverme loco, en esa ocasión me volteaste a ver, con esos ojos color miel que penetraron hasta mis adentros. Ese pobre corazón que envolvía ese amor por ti, cuando entonces me tomabas entre los brazos, y de memoria percibía ese aroma de mujer bonita, el rojo carmesí de tus labios, apetitosos trofeos, que se encontraban en el infinito, que incitaban a un beso, mientras te acariciaba las mejillas, tiempos aquellos, me hacías derretir en mis adentros.
Tu cuello era esbelto envuelto en el suave terciopelo de la figura que mostrabas, esos atributos en tus senos llenos de vida. Esa imagen de hermosura, que me hacía recorrer con mis manos los alrededores de tu vientre, que arrullaban con mágicas pasiones las delicados y abultados bordes de las caderas.
Las ideas que se quedaban mudas al vuelo de mariposa que descendía como cálida catarata, al desembocar entre los bellos muslos, de un candor exquisito, las esculturales piernas que acariciaban tiernamente junto a las mías. Esa piel que se tornaba clara, en el claro oscuro de la habitación con las sombras morenas, reflejadas en las paredes, por el candor tornasol de una fogata, que imaginaban el vuelo de los pájaros en la tarde, mientras revoloteaban al filo del crepúsculo, en un agitado alboroto de emociones.
Ahora que, estabas libre, sin ataduras de ninguna especie, las cosas sucedidas habían quedado atrás, junto a tus martirios y sufrimientos. Yo no quería entender, estaba en el umbral de tu destino y no se, quizás aun no te veía preparada, esa trágica vida, de veinte años te había endurecido, o quizás te había hecho madurar, apegada a esa letanía de malos tratos y agresiones, no te daban la vocación de salir y enfrentar la vida, como si fuera fácil reconstruir el alma.
En fin tú estabas inmersa en la confusión, del inicio de una nueva vida y con la angustia de encontrar todas esas cosas que habías dejado de hacer en nombre de mantener una imagen social que te envolvía en la incertidumbre de los pensamientos.
--- Si comprendo tu situación y perdona ser tan impulsivo.--- me senté a tu diestra --- Voy a tomar muy en cuenta esto, pero tu sabes los años no pasan en balde y mis sentimientos han tambaleado en situaciones como la actual---
---Debes de ser paciente…..---
--- Te necesito, y tú lo sabes… más que a nada en el mundo---
---Carlos…encontrarás la paciencia en la madurez, en la madurez que te permitieron soportar todos estos años--- tomándome de la mano, dijo--- yo estaré aquí para ti y cumpliremos un sueño……Como un vuelo de pájaros.---
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