--¡ Hijos... las 10 menos cuarto! --
Días antes el gobierno había implantado el estado de sitio y el toque de queda, la cosa estaba difícil. Resulta que algunos grupos revolucionarios y desafectos al régimen militar se habían hecho sentir mediante la colocación y posterior estallido de algunas bombas, llamadas panfleteras. En fin, yo tenía que llegar a casa antes de que me pasara algo. La seguridad en general estaba muy limitada y cualquier cosa le podía suceder a cualquiera.
Doblé la esquina y me topé con un retén de las fuerzas de seguridad...
-- Sus papeles, compa -- indicó un policía.
Sin decir palabra me metí la mano a la bolsa, para buscar mis documentos y los mostré. El policía me tomó del brazo y después de darme un empellón me gritó:
--¡ Junto a la pared y con las canillas abiertas! --
Alguien me tomó del pescuezo, por la espalda y me apretó contra la pared mientras me registraba las bolsas del pantalón. Luego torciéndome un brazo, me llevó a empujones hasta donde se encontraba un sargento, a quien le enseñó mis papeles. La linterna que apenas alumbraba, la dirigió hacia mí.
-- ¿Como te llamás? –dijo con tono amenazante.
-- José.... José Santos -- dejé escuchar mi voz entrecortada y el cuerpo me tambaleaba del puro miedo.
--- ¿Que hacés en la calle a esta hora, patojo?---
--- Este…. Voy para mi casa --- No sé si era el frío o la actitud amenazante de la policía, pero algo me hacía sacudir el cuerpo, sudar el gaznate y me titiritar las quijadas.
--- ¿Ya te diste cuenta de la hora?--- dijo, viendo el reloj de pulsera ---- En cinco minutos, hum, no llegas a tu casa. Yo tengo órdenes de agarrar a cuanto jicaque, ande suelto en las noches, peor con cara de sindicalista o estudiante. Así es que o te ponés pilas, con lo que cargás o te llevo al tambo por indocumentado.---
Me quitaron hasta el último len, mi reloj y los zapatos, pero como no les pareció suficiente, fui a parar a la perrera y mas tarde al cuartel.
Allí después de darme una santa pijaciada, me metieron en una mal oliente bartolina, allí no había pasado nada, santo sin novedad. Como podría hacerle saber a mi familia que me habían dizque detenido?...
Cuando alguien se enterara yo tal vez ya me habría podrido o desaparecido, como les había pasado a muchos.
El sótano frío y oscuro, era franqueado por la humedad que me calaba hasta los huesos. El olor a mierda, deambulaba en el reducido espacio de la bartolina. Me acurruqué en el suelo, en la esquina que parecía menos sucia, a meditar mi desgracia y mala suerte.
Pasé no se cuantos días allí, sentado en la inmundicia. Los despojos que quedaban de mi, semidesnudo, con múltiples moretones y heridas sangrantes, resecadas por el calor del hoyo donde me encontraba, daban muestras de las atrocidades cometidas. Las costillas expuestas, los labios resecos, los ojos hundidos, los pómulos saltones y el estómago en eterna protesta hablaban del suplicio de dieta a la que era sometido…. a veces ni siquiera agua. El esfuerzo por toser me lastimaba los pulmones. El cabello y la barba crecidos desordenadamente, ayudaba a ocultar mi identidad…. A no sentir vergüenza de mi mismo.
Las quemadas de cigarrillo me circulaban desde las piernas hasta el pecho. Esa maldita capucha con gamezán, que de pronto había hecho trastornar mis pensamientos, mas no mis ideas. Tenía hinchado el tanate y no precisamente de valor, sino de los golpes y porrazos recibidos en los testículos. Las palabras soeces y los insultos lanzados por los esbirros de la judicial, a este despojo humano, resonaban sin sentido en mi cabeza. En perenne letanía me acusaba de pertenecer a un grupo clandestino, remarcando mi conocimiento de lugares y hechos que verdaderamente desconocía. ¡Por Dios, yo no sabía nada! Mi cuerpo ya no aguantaba mas… empezaba a perder las esperanzas, a estas alturas ya nadie se acordaba de mi. Unos meses desaparecido equivalía a estar muerto. Mi espíritu decidido a permanecer vivo, comenzaba a decaer por impotencia.
A pesar del martirio, no pudieron quebrantar mis convicciones, no lograron que aceptara una verdad que sólo existía en las mentes desquiciadas de mis verdugos. ¡Jamás había pertenecido a facción o grupo alzado en armas, y la política no me gustaba! Las ideas no era factible cambiarlas con golpes. En mi hogar, a pesar de ser humilde, me habían inculcado moralidad, honradez y hombría... sobre todo esto. A veces me surgía el pensamiento obsoleto de aceptar cuanto se me dijera, confesar quién sabe qué, para librarme de todo aquel suplicio, tal vez para poder salir. Pero mi fe quebrantada comparecía ante mí mismo, ante mi familia y ante mis amigos ¿Cómo mancharme con la podredumbre de un sistema corrupto que apabullaba y trataba de incinerar mi dignidad? ¡Eso nunca!
Mi máximo pecado era ser estudiante universitario, de la gente que empezaba a pensar diferente, de avanzada, como las capuchas que se ponen durante la Gloriosa Huelga de Dolores, como el grito de protesta que representa a un pueblo siempre oprimido. Cada puñetazo recibido, me hacía pensar en todas las situaciones que oprimen, agobian y lastiman a una población, que no tiene la culpa de ser así, aguantadora, sumisa, agachada, y me obligaba a resistir.
Cierto día creo que fue por la mañana fui despertado cortésmente con un baño de agua fría. A cubetazos fui sacado de la pocilga y llevado a la mal trecha enfermería casi en zopilotillo, pues escasamente me podía poner en pie. Allí los galenos, las llagas que adornaban todo mi cuerpo, me pusieron suero y me vistieron con una pijama para que me viera medio decente.
Sorpresa de popularidad que jamás padecida! fui presentado ante la prensa por un militar de gran cachucha, ¿General…?. Apenas podía mantener los ojos abiertos, la claridad y los flashazos de las cámaras, me cegaban y además la actitud me tenía confundido. Mi liberación se produjo después de que mis compañeros de la U , habiendo completado un cúmulo de gestiones, lograron dar con mi paradero y junto a la prensa y algunas organizaciones de derechos humanos presionaron a las autoridades y dieron una tregua para que fuera entregado.
Las noticias oficiales dijeron que había permanecido secuestrado por un grupo narco-guerrillero, que buscaba una transacción con el gobierno para que les devolvieran a un famoso pandillero, cabecilla del Cartel del Gallito, y que mediante un hábil operativo relámpago las fuerzas de seguridad habían asestado un duro golpe a los delincuentes y en me habían rescatado, en un reducto de la zona 18, allá por San Rafael La Laguna.
Todo había sido una vil treta, una tragicomedia, que servía para hacer que las instituciones como Amnistía Internacional, cedieran la presión, pero nadie se tragaba el caldo y menos con los graves acontecimientos que estaban sucediendo en el país.
Pasaron algunas semanas, después de alimentarme mejor, recibí tratamiento médico y cuidados especiales de mis compañeros y amigos, con el pelo bien recortado y la ausencia de la maltrecha barba, me sentí diferente, otra persona, otro ser humanos, aunque las cicatrices detrás del pellejo estaban vigentes. Las heridas que llevo en el alma y en la mente están allí.
Ahora que puedo decir soy diferente, un hombre hecho a piedra y lodo, amargado, lastimado en su lado flaco, con convicciones, con deseos amplios de venganza. Hice mías las causas de la revolución.
Me siento bien detrás de este uniforme entre verde y café, que viste con mis ideales. Soy alguien en otro rollo, dejé atrás familia, seres amados, libros y aulas de la Carolingia , por la libertad de las montañas.
Aquí los compas son bien derechos, he sido participe del caminar por los senderos de la Patria , incursionando en las poblaciones de mi gente, para llevar la consigna de la revolución, contra la ignominia y la represión, si sumando a muchos al movimiento. He participado en ataques a blancos militares e innumerables combates contra mis hermanos, que no tienen culpa de estar del lado equivocado. Largas han sido las jornadas en las que hemos borrado propaganda gubernamental y de hacer ver las injusticias que se dan en la vida de los desarraigados.
Pero este pueblo no aprende sigue en la oscuridad de las dictaduras militares que aniquilan a puro fusil, los pensamientos y los pensadores, explota al campesino y el campo, le asiente la perseguidora a los sindicalistas y hace desaparece a sus líderes.
Ahora recuerdo perfectamente a un amigo, que ahora, tal vez, perdido en la montaña o quizás muerto, con quien nos juntábamos a estudiar en su casa; cuando ingresé a la Universidad. Detrás de una cortina ocultaba, como un trofeo, la foto del Che Guevara. El se empecinaba en hablar de justicia, proletariado y mostraba orgulloso las lecturas con el significado de la revolución, los pobres, los caídos, los descalzos. ¡Ellos son nuestra razón de ser! – decía--.
Ahora comprendo porque deseaba instruirme en el significado de las células, de la subversión y del combate de guerrillas. A esa alturas de mi edad y mi reciente ingreso a la Facultad , era muy ingenuo para comprender el mensaje. Esa juventud que me limitaba la esencia, y la ceguera de la ilusión que me atrapaba en la indiferencia. Hasta que llegó el momento y me entró por el cuero. Fatal experiencia de permanecer detenido sin causa justificada… después de sufrir en carne propia el salvajismo, salí del marasmo intelectual y entendí por que lo que había sucedido en mi era salvaje, cruel, sin culpa. La luz se hizo en mi mente, con marcas en el pellejo.
Me incorporé a la lucha armada. Tras un viaje de incógnito hacia La Bella , reforcé mis ideales de punta de lanza, con una intelectualidad forjada para hacer desaparecer la injusticia y la opresión que cabalga por los cuatro puntos cardinales, pero sobre todo, incubé la semilla que hace germinar las ideas progresistas.
Ahora estoy en los parajes de la Patria , en la libertad de las montañas, con el cielo y las estrellas por techo y los árboles por refugio, pensando, si el correr del tiempo será suficiente para hacer madurar una justa explicación de lo que pasó en esta patria mía y del… ¡PORQUE ESTUVE ALLI!
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