miércoles, 5 de octubre de 2011

REFUGIADO

---Olegario Farfán….
--- Olegario Farfán…..--- se dejó escuchar en el patio de la prisión, Y a lo largo de los pasadizos de las catacumbas de la prisión del Castillo de San Felipe.

          Las constantes protestas y presiones sobre los escuadrones de Terror comandados por el gobierno, habían hecho eco, y se había determinado aceptar que dentro de los presos “políticos”, me encontraba, al menos lo que quedaba de mi. En un rápido y bien montado plan se habían insertado dentro de una campaña de tipo publicitario, mi aparición en un campo de desmovilizados, y que hasta en los últimos momentos se había logrado reconocer al Comandante Camote, si yo, entre ellos.

Después de haber permanecido como 60 meses a cargo de los verdugos;  había transcurrido tanto tiempo que los días y semanas ya habían perdido significado en mi cabeza, el implacable adoctrinamiento, los ideales de libertad y la sola idea de la existencia de mi familia, no permitía que la locura se hubiese apoderado de mi mente. Mis huesos y los restantes pellejos, ya no estaban para mas, de quemadas y torturas, de golpes y cortadas.

          Como que lo que se llamaba dolor era una historia del pasado, triste e infamia oscura de recordar, madurada a golpes, que quebrantada cualquier fortaleza, en manos de los esbirros gubernamentales. Fui sacado por la noche y llevado a una casa de beneficencia, Donde se me prestaron los auxilios necesarios con el fin de medio recuperarme y dar la impresión de que se me entregaba a las organizaciones de derechos humanos en un acto de “buena voluntad” del gobierno.

          El día se acercó, después de meter unos cuantos harapos en una maltrecha maleta se me condujo de ese lugar a los separos de la policía nacional, en cuyas instalaciones se estaría efectuando la entrega de mi persona a los integrantes del grupo de derechos humanos, quienes se habían encargado de hacer los contactos en los países del Norte de  Europa, específicamente Noruega, donde en alguna oportunidad se había enviado a mi esposa e hija

          Lejos de alcanzar la  caminata por lo largo del pasadizo, presentía que la luz al final del túnel no llegaba, estaba fatigado, las piernas por tanto tiempo entumecidas a penas se estiraba para dar el paso, los zapatos que se me había entregado, envolvían los cayos de los pies, me mortificaban; bueno y para ajuste de penas las chachas que tuve por tanto tiempo parecía que aun las llevaba, me había dejado las marcas en las muñecas.

Los pasos, acompañados de los murmullos en voz baja de los acompañantes, que me conducían hacia las puertas de la libertad, seguidos muy de cerca por los de las fuerzas de seguridad, que permanecían para disque proporcionarme seguridad, taloneaban a mis espaldas. La gorra pasamontañas, que llevaba para pasarla de incógnito, apenas me dejaba respirar, no permitía que los ojos adivinaran por donde caminaba, el abrigo desgarbado que me había colocado por encima, me ajustaba de hombros, con dos botones.

Una puerta se abrió:

--- Es el!--- indicó una voz en el interior.

--- Si aquí están los papeles, pasaporte y todo.---

          Alguien me agarró del hombro, me registró la espalda, y con un brazo me ayudó a sentarme en una silla de ruedas; me quité la gorra casi con la alborotada cabellera que me llegaba hasta el cuello,  a un lado por la pasarela con una tarjeta colocada en la bolsa de pecho se me encaminó en parte de la pista hasta los pies del avión y a través del ascensor de la comida, se me introdujo subverticiamente al avión, como pude me incorporé y haciendo gala de la fuerza que aun conservaba en mis brazos, me coloque en el asiento que se me había señalado por el asistente del vuelo, bueno era el de la ultima fila, afortunadamente no habían asientos sobre la cola porque sino allí me hubiesen colocado, no deseaban que nadie de los pasajeros regulares se diera cuenta de mi presencia.

Antes de iniciar el viaje se me advirtió que no debería de hablar con nadie y de mi estadía momentánea en tierras del Tío SAM, como escala técnica. Después de ajustar el cinturón de seguridad y colocar una pequeña almohada bajo mi cabeza, me recosté sobre la ventanilla y observé desde el aire, la grandeza de ese país mío que se quedaba atrás, tal vez en el olvido, lo único que conservaba era el ideal de la lucha por tanto paisano que sufría de esa guerra sucia que nos había hecho treinta años de injusticia. La historia de aquella aventura, mas que de una guerra fratricida, de un sueño de buenos propósitos, eran los cementerios clandestinos y los mártires caídos en sus ideales.

El único par de gafas, que me quedaba con uno de los lentes roto por mitad, se acomodaban mas que en las orejas en la abundante barba que ocultaba lo famélico de la cara, pero en fin con todo y que estaban llenos de polvo me permitía afinar el enfoque de las letras escritas en las hojas de los periódicos que me entregaron al subir al aeroplano con el fin de que me entretuviera.

          En un mutismo absoluto se me dio, agua y algo de comer, nadie quería hablar conmigo, a lo mejor mi afiliación o mis ideas se contagiaban, aunque no entendía si las azafatas, quizás eran de países no tercermundistas; en fin, era cosa de ellos, me acomodé las solapas del abrigo, y recosté hasta donde pude el asiento y aligeré una siesta.

          Varias horas permanecí sentado, cómodo por primera vez después de tantos meses de solitario y frío calabozo, incluso la sordera a que me había hecho acreedor en las cuartos de conmiseración humana, los sótanos de la policía me favorecía, acaso que no escuchaba ni las informaciones que proporcionaba el personal del vuelo.

El vacío me hizo un retortijón en el estómago cuando la nave inició el descenso, las tripas tantas veces pegadas y sin que mascar se resintieron de la mediana comida plástica que se me había proporcionado, la luz de apretarse el cinturón permaneció encendida, mientras el avión caracoleaba en su caída hacia la pista.

Me asomé a la ventanilla y solo se observaban millares de luces de colores que se enfilaban hasta perderse en el infinito, el chirrido de las llantas al contacto con el pavimento me sacudión golpeándome contra el pequeño vidrio, un edificio de varios niveles se observó a la derecha, el cual se aproximaba con la consiguiente disminución de la velocidad y el silbido de las turbinas que resoplaba en los laterales, que ejecutaba las maniobras para ensartar la punta del avión en la entraña de la terminal aérea. Uno de los asistentes de vuelo se colocó a la par de mi asiento para franquearme el paso, mientras los escasos pasajeros de la proa del avión abandonaban ordenadamente sus asientos.

          La portezuela de atrás se abrió, permitiendo la entrada de dos hombre de complexión robusta, uno de ellos se comunicaba a través de un celular, mientras el otro con señas me indicaba que me pusiera de pie, me tomo del brazo y me condujo hasta la escalinata, me hicieron descender hasta donde se encontraban dos personas con sendas gabardinas, que me acompañaron hasta una pequeña habitación en el edificio de la terminal.

--- Refugiii --- fue lo único que alcance a comprender cuando me entregaron a la custodia de otro fulano.

Permanecí allí por algunas horas, lo que lograba escuchar era nada mas el paso de los aviones que despegaban cada 3 o 4 minutos, por ratos caminé en círculos o me sentaba indistintamente en una de las seis sillas que me acompañaban, deambulaba, si ton ni son, si tan solo una ventana, algo que ver, era todo un cuarto desteñido con abundante luz y sentía, si sentía que habían ojos clavados en mi, que era observado.

          Me acerque a la puerta e intenté abrir, estaba cerrada, somaté con los nudillos para esperar una respuesta, que no se hizo esperar. La persona me indicó en su medio español, que pasaba y yo con mi medio ingles y de voz temblorosa, dije:

--- Baño…..bathroom….---

--- Ohhh! --- dijo y con la mano me indicó que le siguiera, hasta una puerta de frente a la otra, Con el pulgar me indicó que penetrara.

          Era una pequeñísima habitación donde escasamente había un sanitario y un lavabo, pude refrescarme con agua un tanto las greñas y los cabellos alborotados y asentar en parte los pelos de la barba. Me sentía diferente cuando fui llevado nuevamente hacia la otra aeronave que me llevaría verdaderamente a mi destino, se me entregó el pasaporte las copias de los pasajes un sobre dirigido a alguien en mi destino unos cuantos dólares y ticketes de un equipaje que sabe Dios que eran. Llegue a la escalinata del avión que estaba listo para despegar y me mezclé con el resto de los pasajeros.

          Después de ocho irritantes horas, semi adormitado, por un vaso de vino que ingerí junto con la cena, los pasajeros se empezaron como a inquietar cuando durante el descenso del avión se hizo sentir un tanto de turbulencia, que fue cediendo en el raudo paso de la nave hasta tocar con la tierra. Me asomé en la ventanilla la que había permanecido cerrada todo el viaje; el sol radiante se dejaba medio escondía en las montañas que rodeaban el paisaje, un paisaje vestido de blanco, con parches de hielo que se encandilaban en las orillas de la pista. El ambiente se observaban helado, el humo de las automóviles que transitaban por la autopista se levantaba como una sábana hasta el cielo y los copos de la nieve se envolvía en serpentinas, que acicalaban las ramas de los desnudos árboles.

          Salí del avión, respirando en vaho y el frio me caló hasta los huesos, mientras llegaba hasta la rampa de la terminal aerea. En el pasó de la escalinata hasta el edificio, fui interceptado por dos personas, con sendos abrigo oscuros:

---Usted es Olegario Farfán---

--- Si.--- respondí

--- Me permite los papeles.---

          Tomé el sobre y lo demás, se lo entregué al sujeto que me había hablado en español, el a su vez se lo entregó a la otra persona y le habló supongo que en Noruego, ya que mi destino final era Bergen, Norge. Fui llevado entonces hasta una oficina,  donde ya se encontraba mi maleta, o los restos de una que venía a mi nombre.

---Tiene algo que declarar.--- me indicó el acompañante.

--- Lo que viene en la maleta son mis artículos personales, ropa etc.--- le indiqué, a su vez el interprete, le habló en su idioma.

          Un sello se estampó en mi pasaporte, mientras un individuo revolvía las pocas cosas que aparecían en el interior del remendado con cintas adhesivas maletón. Luego se me permitió pasar a través de un pasadizo y por el umbral de la puerta hacia el salón principal de la terminal, aun adolorido y entumecido por el tiempo de venir sentado, con paso lento inicie el recorrido con la maleta colgada de mi mano, me detuve a media sala, tome el pañuelo y limpie los espejuelos, solo miraba algunas personas cubiertas con sendos abrigos pero nadie conocido, di unos cuantos pasos mas dirigiéndome a la puerta principal, entonces, justo a mi derecha las vi.

Si eran ellas, la sombra de una pareja, que traté de distinguir, quien podría ser, si sabía positivamente que me esperarían aligeré el paso. No cabía la menor duda, eras ella, mi esposa, a la que durantes estos largos cinco años había añorado ver, la que al permanecer en mis sueños, en mi alma, en mi quebrantado espíritu me había permitido guardar una esperanza de permanecer vivo.

          Solté la maleta y corrí a tu encuentro, como te podía haberte olvidado eras tú, la misma, la siempre bella, abríste tus ojos, tan grandes como la sorpresa que eso llevaba, pero a pesar del tiempo eras la misma, si mi chica linda, allí supe y realicé que el diferente era yo, de fachada de mendigo, con los restos de orgullo que le llevan a uno a seguir siendo hombre. Me acerqué mientras extendía mis brazos para envolverte, abrazarte en mi esencia, pero me contuve. La niña que te acompañaba, con un gesto de miedo se abrazo a ti por un costado, su cara de ternura, metida entre las faldas de tu abrigo, quizás no le permitía comprender ese momento por su corta edad, si apenas unos meses de edad tenía cuando me arrancaron del seno familiar. Te agachaste y con la ternura propia de tu instinto, la tomaste entre tus brazos y uniéndola a tu cabeza, le dijiste.

--- ¡Es papa ……….!

          Pero ella se resintió a creerlo y recostó sobre tu hombro dándome la espalda, insistí en acercarme para sentir tu aliento  y pasando mi brazo hacia tu espalda te abracé, contra mi corazón,……… y me besaste, nos besamos, como nunca.

Las lágrimas se habían hecho de presencia sobre mi rostro, sin enjugarse sobre mi espesa barba. El gemido de un te amo y un te quiero fueron mudos testigos del encuentro. Cuanto había pasado a través de la vida y sin mi presencia, eran cinco años de separación, ausencia, de soledad y martirio que había pasado de un santiamén a una realidad de cuento de hadas: alla se habían quedado las esperanzas, los amigos, los ideales, y este era un comenzar, con cicatrices, pero en otra dimensión.

          Y así a lo lejos, la pareja en unido abrazo abandona el edificio, un aliento de libertad que rodea el frío gélido de las aceras, el vaho que expele en todas direcciones se entre laza, con el calido perfume femenino. La niña con su manita cubierta con un guante de lana roja, acaricia curiosamente la desordenada barba del hombre.  

























FUNCAS

Convocatoria el XXXII Concurso de Cuento

“HUCHAS DE ORO”

C/J. HURTADO DE MENDOZA, 19

28036,  MADRID.

ESPAÑA.



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